Sunday, February 24, 2019

Nuestras Instituciones Educativas promueven paz


Estudiantes de nuestros Colegios y Universidades en México y Estados Unidos participaron activamente del ‘Concurso de Paz’ impulsado por nuestra Oficina de Justicia, Paz e Integridad de la Creación, con el liderazgo y organización de cada Institución Educativa CCVI.


Con este evento nuestras niñas, niños, jóvenes y docentes dan inicio a las reflexiones y acciones para promover la comprensión y las prácticas de la no violencia activa en el camino hacia la paz justa este 2019, Año Jubilar de nuestra Congregación.

Pues a través de dibujos, esculturas, poemas, ensayos y cortometrajes basados en los Mensajes de: Un llamado a la Iglesia Católica a comprometerse de nuevo con la noviolencia que es central en el Evangelio que nuestra Congregación firmó asumiendo un compromiso corporativo por contribuir  hacia una cultura de paz y no violencia, y el discurso del Papa Francisco La no violencia: un estilo de política para la paz de la Jornada Mundial de la Paz 2017; nos desafían e inspiran esperanza y valentía.

Tú también puedes unirte a estas reflexiones participando este 26 de febrero desde la Conferencia Paz de Cristo en el que se abordará la ‘No violencia activa: un cambio de paradigma hacia un mundo más pacífico’.

Si quieres participar por Internet envíanos un email tan pronto (jpi.office@amormeus.org), te enviaremos un enlace del webinar por ZOOM. Si nunca has usado ZOOM, por favor tienes que descargarlo primero en tu computadora. 

El día de la Conferencia asegúrate estar veinte minutos antes porque la presentación empieza a las 7:00pm en punto (Hora Centro).  Por favor, verifica tu zona horaria; ya que esta Conferencia se trasmitirá desde San Antonio, Tx (Estados Unidos).

Culmino esta comunicación parafraseando a Karen Lizette Dávila Muñoz (del 2º de secundaria – Colegio Central, México) ‘que esta marcha recorra todo el planeta, llamada de propuesta a la sociedad, por el bien tuyo y de la humanidad. Por el fin de las discriminaciones y la pobreza ¡generemos conciencia en la sociedad! ¡Que los enfrentamientos no sean más! La vida es sagrada, la necesitamos valorar. Que nuestras voces se hagan escuchar ¡unámonos a colaborar con la paz!

P.D.: Inmediatamente después de la Conferencia, se anunciará a las/los ganadoras/es del Concurso de Paz en los diversos países. Asimismo los proyectos estudiantiles serán difundidos en las diversas plataformas de nuestra Congregación. 

Wednesday, February 20, 2019

DE LA AMAZONÍA SU AGONÍA. En camino al Sínodo PanAmazónico


“Esperar cosas que no vemos, con paciencia las debemos esperar” (Rom. 8:24) fue la expresión motivadora luego de participar en el Encuentro Nacional Amazonía: reto a la evangelización, organizado por el Instituto Bartolomé de las Casas, en Lima, el 12 y 13 de febrero de este año; y más, José Manuyama,  laico de Iquitos (Perú) quien en su presentación testimonial utiliza la expresión Agonía que, en entre las acepciones precisadas por la Real Academia de la Lengua Española, es un ansia o deseo vehemente y lucha, contienda. El deseo vehemente y la lucha por salvar su entorno es una constante de los Pueblos Indígenas amazónicos.

El Encuentro contó con una rica introducción sobre el tema a cargo de la politóloga Rosa Alayza,  luego el P. Pedro Hughes compartió sobre El Sínodo de la Iglesia Amazónica: desde la periferia, aportes teológicos, y testimonios de quienes viven y comparten su vida en la Amazonía como el laico mencionado, la Hermana Ester Rojas de Madre de Dios y el P. Percy Pinedo de Yurimaguas. Fue muy enriquecedor compartir los trabajos en grupo  entre todos los  participantes.

Para considerar la agonía de la Panamazonía señalamos que su Cuenca  abarca una superficie en el planeta del 6% y el 57% de la totalidad de los territorios de nueve países de Latinoamérica (Brasil, Colombia, Perú, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Guyana, Surinam y Guyana Francesa). 

Aproximadamente 400 pueblos indígenas lo tienen como su territorio ancestral. Y sus culturas manifiestan cosmovisiones y conocimientos a lo largo de siglos de convivencia en equilibrio con la naturaleza, que han permitido preservar la Panamazonía contribuyendo así a la vida del planeta.  Además, es la cuenca hidrográfica más grande del mundo y sus ríos representan el 20% de las aguas fluviales del planeta. Está conformada por bosques tropicales que son grandes reguladores del clima, captadores y almacenadores de dióxido de carbono, los cuales representan un gran reservorio de biodiversidad.

La gran riqueza de la cuenca ha sido – históricamente- vista solo como espacio de explotación económica y, en la actualidad, la gravedad de su estado es promovida por el extractivismo neoliberal generando consecuencias de degradación ambiental con el correlato de degradación social (trata de personas, tráfico ilegal de drogas, minería ilegal, entre otras.)

Por ello, la gran importancia de prepararnos para el Sínodo PanAmazónico que no es un tema exclusivo para los habitantes de la Amazonía sino para toda la humanidad. Que  en nuestra actitud de creyentes tengamos presente el desafío común de cómo anunciar la Buena Noticia del Reino en una situación de explotación y también de compromiso por la vida, según manifestó la teóloga Glafira Jiménez, al comunicar las conclusiones del Encuentro.

Para finalizar y como producto del Encuentro Nacional, la delegación de Chimbote (puerto pesquero de la costa norte del Perú) nos comprometimos a articular nuestros esfuerzos, informar y sensibilizar sobre la problemática amazónica que se encuentra en agonía. Se necesita  con urgencia el compromiso moral y espiritual del mundo entero para hacer posible la vida de nuestro planeta.


Que las palabras del Papa Francisco nos sigan animando: “El futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos”.

Escribe Victor Mendoza Barrantes.
Miembro del Comité Internacional de Justicia, Paz e Integridad de la Creación de las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado. Asimismo es Director de la Comisión de Justicia Social - Diócesis de Chimbote, Perú. 
Fotografía de la Comisión de Justicia Social

Monday, February 18, 2019

La frontera borrosa entre raíces y rutas


Andrea Castellón recorre su propia historia de raíces y rutas como hija de la migración. Con firmeza nos interpela para estar atentas a la demonización de la migración como recurso utilizado para lograr la unidad de la población nacional frente al “otro” distinto y para que el modelo se mantenga en pie.

“El racismo es la condición de aceptabilidad de la matanza en una sociedad en que la norma, la regularidad, la homogeneidad, son las principales funciones sociales”, afirmó Michel Foucault en Genealogía del racismo (Ediciones de la Piqueta, Madrid, 1992). Cuando leí esta frase, irremediablemente me remonté a todas las veces que en Chile, país al que mi familia llegó hace 20 años atrás, la gente me preguntaba de dónde era:

– “Soy boliviana”– ¿Hace cuánto tiempo estás acá? – “Desde mis cinco años.” – ¡Ah!, entonces eres chilena.

Recibí ese tipo de comentarios muchas veces por parte de amigos y conocidos, el convencimiento de ellos acerca de mi “verdadera nacionalidad” era tal que yo solo mostraba una mueca y pasaba a otro tema. Analizando el tema a profundidad, siempre me cuestioné porque nunca nadie me dijo “ah, pero tambiéneres chilena”; por el contrario, la respuesta que recibía de pronto borraba una parte de mi identidad, que para mí era fundamental.

Cuando mi familia llegó a Chile ya en los años 2000, el tema de la migración no tenía la misma importancia que hoy. Si bien había empezado a tener una cierta notoriedad desde el fin de la dictadura de Pinochet, experimentando un aumento en la migración por parte de países como Argentina o Perú, los índices a nivel nacional eran muy bajos. Sin embargo, ya en esa época la migración peruana generaba un profundo rechazo por parte de la sociedad chilena: aparecía constantemente en los medios de comunicación y se reportaron muchos casos donde la gente sufrió ataques por discriminación. Muy por el contrario, la migración argentina, que era la más numerosa según el Censo de Población y Vivienda de 2002, jamás llamó la atención en particular de los medios o se reportaron casos de discriminación con la misma frecuencia y gravedad que los padecidos por la población peruana. Los dos grupos migrantes hablaban el mismo idioma y tenían costumbres relativamente parecidas; la única diferencia era que los migrantes peruanos tenían una marcada ascendencia indígena y su reconocimiento físico hizo que fueran fuertemente estigmatizados en sus trabajos, mientras que la existencia de la población argentina, en su mayoría descendiente de europeos, pasó totalmente desapercibida para la opinión pública. Es decir, ya en aquel entonces el racismo jugaba un papel importante en el país.

Yo crecí en ese Chile, que, como muchos otros Estados latinoamericanos, se originó como “una expresión política de control económico y social de las élites” avasallando violentamente las diferencias culturales internas, como argumenta la investigadora Menara Lube Guizardi. En el caso particular de Chile, olvidando sus raíces afrodescendientes en el norte y oprimiendo hasta el día de hoy a los pueblos indígenas, condiciones reforzadas por las instituciones represivas que la dictadura de Pinochet dejó como herencia.

Al crecer, mi identidad fue un aspecto que me cuestioné constantemente, como seguramente muchos otros migrantes de segunda generación lo deben de hacer, especialmente aquellos que viven en países donde el modelo Estado-nación está en tensión permanente debido a que el discurso de lo homogéneo no logra encajar en su realidad interna. Esta tensión se va agravando cada vez más en un mundo globalizado, donde demonizar la migración parece ser el último recurso utilizado para lograr la unidad de la población nacional frente a ese “otro” distinto y que el modelo se mantenga en pie.

Aun así, para mí era muy claro cómo las raíces de mis padres y el camino que habían escogido al estar en Chile creaban una especie de identidad distinta a la de mis amigos bolivianos y distinta a la de mis amigos chilenos; veía como la diferencia entre rutas y raíces se hacía borrosa. Mi conflicto era que una identidad así, al parecer, no cuadraba con la sociedad en la que estaba inserta, especialmente al momento de postular a concursos nacionales, becas, o analizar en clases de historia quiénes tenían derechos cívicos y quiénes no (obviamente yo siempre estaba entre estos últimos). Para mí, esto significaba tener que escoger entre dos opciones: o te reconoces como distinto, pero no te aceptamos, o te reconoces como uno de nosotros (si cumples con una serie de requisitos que normalmente rondan lo racista y xenofóbico) pero te olvidas de tu otra parte que te hace diferente. Escogí siempre la primera, luchando por cambiar la narrativa, a veces con buenos resultados y logrando la aceptación completa de mi identidad.

Lamentablemente, hasta el día de hoy Chile afronta serias dificultades a la hora de integrar a los hijos e hijas de migrantes a los beneficios educativos escolares y universitarios. Sus políticas migratorias siguen teniendo una visión de seguridad nacional al igual que en la época de Pinochet. Sin hablar del creciente sentimiento racista y xenofóbico en la sociedad incitado por grupos de ultra derecha y políticos oportunistas. Lo que traerá como consecuencia graves problemas para el proceso de integración de los hijos de la nueva ola de migración que está experimentando el país.

Todavía no existen muchos estudios al respecto de la segunda generación, ya que el foco sigue poniéndose sobre los nuevos migrantes laborales o forzados que están llegando día a día de países como Venezuela o Haití. No obstante, en algunos ámbitos académicos, ya el término “migrantes de segunda generación” genera opiniones encontradas. Muchas de ellas afirman que es una forma más de perpetuar la discriminación y estigmatización que los migrantes reciben al diferenciar también a sus hijos dentro de una sociedad en la que han crecido toda su vida o incluso nacido en ella. Más aún, existen estudios que demuestran que muchas veces las familias migrantes “se abstienen de traspasar a sus hijos las costumbres, usos, valores, actitudes y normas vigentes de su sociedad de origen por miedo a que sus hijos puedan no adaptarse a su nuevo medio social”, según el sociólogo Iñaki García Borrego. Pero negar esta faceta de nuestra identidad implica también borrar una parte importante de nosotros, sobre todo cuando el problema no es nuestro “origen” sino la estigmatización que una sociedad o gobierno puede hacer de aquel.

Reconocer nuestras raíces junto a nuestras rutas significa tensionar el carácter homogéneo que trata de imponer el modelo Estado-nación; rendirse ante la asimilación es poner en duda nuestra existencia como una identidad completa. Sin duda, por muchos obstáculos que un gobierno o sociedad puedan imponer a los hijos de la migración, la creación de nuevas subculturas, que ponen en evidencia la diferencia dentro una sociedad que lucha constantemente por reprimirlas, es inevitable.

Escribe: Andrea Catellanos
Publicado en Routed Magazine 
Febrero 2019